Retrato de padre muerto
El esfuerzo por definir el cuerpo y a través de él intentar comprender la identidad, ha sido una fuente de procesos de creación, con una inusitada fortaleza en la época actual. Las preguntas en torno al arte insisten en preguntarnos, el ¿quiénes somos hoy ?, así como ¿cuál es la justificación de estar vivo?, o bien cuál es la razón de nuestro ser en la eventualidad de que todo continúe igual.
Preguntas que por su naturaleza convulsa, penetran en el atascamiento del individuo, rodean la personalidad y trazan visos de ontología, directrices a todas luces nostálgicas de filosofía y poesía en la gran obligación del arte hoy: producir sentido.
El sentido al cual hacemos referencia es aquel sentido en términos generales, el sentido por las cosas mínimas o bien por las grandes cosas de que se compone la vida. Encontrar el sentido del mundo, es darle importancia a nuestro trabajo, a la construcción de obra.
El sentido debe nutrir la obra dirigida a la certificación del individuo, la obra por tanto tiene funcionamiento de contención, en ella se deposita buena parte del significado y en ella se desarrolla lo contingente en tanto contiene la experiencia privada y la nada alternativamente, extrapolación del vacío.
En la experiencia privada, el artista recupera el laboratorio de la creatividad, es el momento preciso de confluencia entre subjetividad e identidad con función de obra. Por esto la obra basada en la experiencia privada, contingente por la exudación de lo personal, obra, abre, crea, afectando el mundo en cuanto se convierte en poema, capitulo instaurado del amor intenso y diverso.
La obra que carga sentido a través de la experiencia privada intuye, sin equiparar el valor en sentido general y amplio, sin transformarlo en homogenización univoca para el mundo, es decir, la obra en cuanto obra se aleja del valor del capital. Sentido para la obra contingente lo encontramos figurativamente en el cuerpo, aquella imagen nostálgica de una masa informe gobernada y recipiente del pensamiento; cuerpo sí, definido simplemente por el sentido de las cosas cercanas del individuo acechado por la identidad y el atascamiento. Ser y la obra se convierten en una única ecuación, experticia de extracción, rebeldía constante del revolucionario y desafió del vacío por la experiencia a través del arte. Pobre arte, linde y juego, mecánica de extracción, funcionamiento simulacro de lo humano ¡Pobre arte indefinible!
Una ciudad es taller y museo al mismo tiempo, lugares todos para la experiencia privada, recojo allí un objeto, observo estupefacto otras posibilidades para el paisaje en otras calles, siento miedo y me reconozco en cualquier escupitajo; atento enemigo, es el sentido quien se acerca, quien cobra vigor de protagonismo en la esquina: ilación de ideas, respuesta abstracta y por ende oportuna; viene la traición de rodillas, otra ilación en línea conceptual y ¡ cuidado! busca al otro en el reconocimiento, busca el cuerpo infectado, la bilis, la llaga pútrida, la violación, el lugar origen del trauma, busca problemas.
Qué lejos me encuentro del cuerpo y la identidad, ¿que es eso? Respuesta: del cuerpo basta decir que solo queda reducido al disfrute de cada órgano, de cada sensación, de cada poro excedido por el olor y por las ansias de piel; de la identidad, entonces basta afirmar que aparece mediada por el consumo y el alejamiento. Mi nombre es Oscar, es cierto, oscar prototipico, ser vulnerable y mediocre, cuerpo deforme y frustrado ( mis dientes empiezan a inclinarse ligeramente hacia el lado derecho, desordenando mi sonrisa- alguien que este muy cerca a mi, lo notará enseguida-; mi brazo derecho funciona pero es deforme en su anatomía y verifico cada día en mi piel el nacimiento y la muerte en pequeña escala; desde niño se ha venido gestando un giba que terminará doblegando mi espalda; sufro de ceguera por devoción, prefiero la pose de intelectual que me dan las gafas herencia de Andrés Caicedo, aun me sirven para "mirar miradas"). Mi nombre es Oscar, es verdad, he terminado por aceptar el peso de su significado sin conocerlo, me imagino que trata sobre lo elemental, me imagino que habla de agua, agua que no aspira a la santidad.
El cuerpo, mi cuerpo experimenta el arte en su ausencia, es decir, el cuerpo, aquel contendor de órganos y circulación de fluidos me sirve para manifestar mi profundo desprecio por el ser humano; arte-ausencia consiste en separar el presupuesto agotado de mi anatomía, ridícula experiencia de una equivocada evolución de lo grotesco.

A través del arte puedo abyectar lo ridículo de la civilización expresada en el cuerpo, centremos la atención en el cuerpo de un padre muerto, mirémoslo directamente, aparece de repente una gota de sangre seca en la comisura derecha de sus labios, me pregunto ¿qué pasó? ¿Porqué esta evidencia de un fluido detenido por la muerte asomándose en su boca? Me doy cuenta que la gota de sangre, de color oscuro que intenta manifestarse tímidamente es lo real.
El cuerpo de mi padre muerto refleja mi propia muerte hecha realidad, morir es posible y es una obligación que implica lo religioso y el enfrentamiento con dios; el arte de hoy enfrenta por el cuerpo la estupidez de dios, no creamos en dios pues es absurdo, dios y el cuerpo como su creación sublime es nefasta en tanto se convierten en tecnicismo. El arte se sobrepone a dios y lo desafía en su miseria infinita, no necesitamos a dios sino para arrojarle a la cara lo inconforme que estamos de estar vivos, lo inconforme que estamos de la especie humana, residuo cuerpo y materia excedida por la vergüenza: producto de la fe. En el maquillaje del rostro de mi padre, el experto en necromaquillaje, cometió un error insalvable al dejar esa pequeña huella de sangre en la boca. La gota marcó el camino a través de la cual me introduje en su sistema digestivo, en su sistema respiratorio hasta alcanzar los órganos que comprometieron su vida. Otro error del profesional de la simulación de la vida, consistió en el color : representó el color de la piel de mi padre muerto, con unos días de sol, no tuvo en cuenta el color "local" desleído verdoso de su cuerpo en putrefacción. El nuevo color de mi padre muerto, bronceado prematuro implicaba un padre mas " sensual", "exuberante".
El maquillaje "trasvertió" a mi padre sastre, en tanto utilizó el recurso de la mimesis y el mimetismo, rostro muerto, ano muerto atrapado en el traje azul, última mortaja, obra póstuma.
Retrato figurativo de un padre muerto: sangre seca y bronceado, ano solar, escindido de olor e inútil en su anatomia, el cuerpo muerto no necesitará más del orificio, pues todo cuanto era impuro en él ha salido. Ahora me pregunto, si en realidad mi padre al momento de morir pensó en que su dignidad fuera violentada al extremo, no sé si mi padre creyó al momento de mi nacimiento que su hijo menor pudiera desafiar sus esfínteres de una forma tan directa e ingenua, finalmente mi violación consiste en destruir su cuerpo y por extensión su identidad. No necesito a un padre, no necesito a mi padre redentor, no necesito su culo ni su semen, es decir no necesito la prueba de su existencia, quizás nunca existió.
Únicamente pude a través del vidrio sin aliento del ataúd observar su rostro desleído; la muerte suele transformar la risa en mueca trágica, intenté recordar si alguna vez sus ojos estuvieron tan definitivamente cerrados, lo mismo su boca, tan apretada, como si guardara un secreto, como si la rigidez de su quijada tantas veces vista, odiada y cómica, se negara a satisfacer mis dudas adolescentes. No me extrañó que sus labios se apretaran ante mi presencia, yo noté que ellos se contraían cuando me acercaba al féretro, luego se relajaban al momento que yo me retiraba, juego de alejamiento y cercanía que termino por desgastarlos. En sueños mi padre también abre y cierra sus labios pero no dice nada; en sueños le he preguntado a mi padre si dios existe, es la única cosa que realmente le he preguntado ¿dios existe? Nada dice, mira a un lado y yo experimento un temor infinito por mi cuerpo ¡ qué mierda!
En un muerto se pierde la identidad, en un padre muerto se pierde todo, en su lugar aparece la Nada con función divina, eso lo aseguro. Mi padre se parecía a su propia muerte, ya no era el sastre de una calle transitada de Bucaramanga, de él solo nos queda su muerte, rígida, quietica, blanca y expectante. Me parezco a mi padre físicamente y -como lo dije antes- su muerte es también en extremo parecida a mi muerte. Me miro insistentemente al espejo en espera de un inescrupuloso brote de fluidos corporales por mi boca, por mi nariz, por mis oídos, cada día reviso las comisuras de mis labios en espera de una gota de sangre detenida y seca, cada día me pregunto por mi identidad, por el sentido, por la obra, pero más aún me pregunto por el arte y su valor real en mi vida. La respuesta siempre en la resistencia, me indica que el arte ha funcionado vivencialmente como una figura paternal en contravía, muerta, evidencia de la experiencia privada desnutrida, procurando la búsqueda de sentido paraliterario y la fe en la obra, siempre en la obra, aunque el "profesional del arte" se incline y lama la suela de algún zapato oloroso.
Oscar Salamanca / 10 de diciembre del 2006 / mi padre murió hace dos meses en la ciudad de Bucaramanga.
