Tayrona, Cabo San Juan 5 de enero del 2007


Campamento Cabo de San Juan, Tayrona, Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia
El oleaje marino con toda la furia de un mar de leva, deja tras de sí una estela de espuma similar a un extraño ropaje de terciopelo. Las olas vuelven una y otra vez a recargar las fuerzas de un vaiven inagotable; entonces aparece la figura humana y me encuentro frente al paisaje: mar, apertura, inmensidad, soy yo y mi mirada absorta en la abstracción mas pura.
Es temprano, apenas despunta la mañana figurativamente en un sol tranquilo apastelado sobre una de las rocas inaccesibles del cabo. Siete de la mañana, escucho una parvada de cotorras furiosas sobre el campamento, en él, una fumarola de cocina de palo, anuncia un dia agitado. Yo me encuentro sentado en una gran roca, justo en un lugar privilegiado, en tanto puedo observar la mar abierta y la playa, es casi un ritual de todas la mañanas venir a este sitio. Al subir sorteando piedras, montículos y pequeños abismos se siente una gran ansiedad por el encuentro de algo indescifrable, que quizás cobije la idea mental del paisaje.
Algo preconiza lo diverso, es el olor penetrante del mar, esa salinidad penetrante y calcinante al mismo tiempo, que con cada estrellarse del oleaje arroja una poderosa carga de información y seguridad. Reconocemos en el paisaje la seguridad de la ubicación, nos encontramos participando del conjunto de cosas, animales, vegetación, humanidad socializada. Recibo el día sentado en la roca mas prominente de este cabo abarrotado de campistas, lo recibo con la certidumbre de que cada movimiento de mi mano, de mis trazos, se encontrara describiendo la linealidad entrecortada del viento, el sol abrasador y las ansias por sumergirme en el agua traslucida y de profunda verdosidad.
El paisaje salino abarca todo, se mete en los rincones mas insospechados, se mete mas allá de las posibilidades de mi vista; este olor originario, inicial tiene que var conmigo, me comunica que no me encuentro solo, que soy de alguna parte. Se enuncia un pasado cercano, una memoria reciente pero remota injustamente, quiero saltar al vacío, hacer parte integral del verde, del agua y sus misterios. La única posibilidad habita en el pensamiento y la imaginación, la única actividad que tiene sentido es la observación atenta ¡algo esta por suceder! observar la ola enfrentarse con rabia de ahogado frente a la piedra impasible y eterna, produce cuando menos la sensación de impotencia: ¿Soy agua o piedra? o simplemente ¿paisaje?
Miro el ritmo del oleaje y pienso en el paisaje; con el ánimo de reaccionar ante la inamovilidad del paisaje, el primer impulso me induce a la creación, de cualquier cosa o circunstancia. Crear contra la creación, crear contra el movimiento, crear contra el ritmo vital de la pulsación hecho oleaje: obra contra obra.
La evidencia ante el escenario de lo natural indica que el arte es mudo, el arte no puede ni debe decir nada, solo asiente, reafirma y destruye (Pienso en las representaciones producidas por la pintura academicista de marinas, esos cielos, esos reflejos sobre las olas, esas elucubraciones de la imaginación a las cuales no estoy invitado).
Sin embargo a lo que si estoy invitado es al paisaje, es decir a esa construcción mental, racional de elementos en un formato posible, herencia para la pintura, tradición del arte, pero también migración en el arte de hoy a través de su cuestionamiento.
¿De que hablamos cuando hablamos de paisaje?, cúal es su forma en el arte de hoy, cúal es su vigencia y otras posibilidades. La respuesta es inasible en tanto las búsquedas señalan la senectud, un todo actuando a través de mi experiencia privada, sin ánimo de originalidad e innovación, dos cosas por fin escindidas de los discursos del arte.
Lo importante aquí es lo que estoy sintiendo realmente, lo importante es el encuentro del paisaje, cualquiera que sea su definición o forma, cargando mi experiencia privada y mi obra, asisto a la transformación del actuante y significado.
Conmigo en esta experiencia aparecen tres o cuatro personas, cada uno ha elegido de entre el conjunto de rocas , aquella particular, aquella desde donde se proyecta su interior sobre el paisaje. Todos coincidimos en la sinergia del mar frente a nosotros, todos nos identificamos al parecer con el engañoso horizonte ligeramente achatado, todos nosotros miramos el mar, sin equivocación, así en realidad miremos formas y pensamientos diversos.
Una chica se encuentra sentada justo a mi lado derecho a unos metros de distancia, ella toma fotos con una cámara reflex analógica, de vez en cuando recibe u hace llamadas desde su teléfono móvil -nosotros le decimos celular-, parece inquieta, ahora se para, ahora se sienta, mira el mar pero se agota con prontitud y decide buscar otros ángulos, otras posibilidades, pero es imposible, el mar es inmenso. Decide tomarse ella misma una fotografía, algo curioso por la dificultad del enfoque en una lente manual, pienso que debe sentir una mezcla de respeto, pero al mismo tiempo miedo de pedirme que realice la fotografía por ella, de ella... luego me doy cuenta que efectivamente no me ha invitado a tomarle la fotografía, simplemente por que entonces ya no sería su fotografía, sino mi fotografía de ella, una selección mía y ella actuando en esta escenografía, a todas luces ella sería parte de mi paisaje, una cruel traición a su pensamiento y momento sobre la roca.
Como ha variado las tomas de ella misma, utilizando diversos ángulos, es posible que en alguna toma, aparezca yo, un tanto desenfocado, pero justificado como paisaje, como parte trasera de un acontecimiento importante, que es la verificación de la presencia de ella en un entorno especial, alejado quizás de su cotidianidad.
Justo a mi lado derecho se encuentra un joven muy apuesto, preparado para la ocasión de venir a la playa. El, encarna el estereotipo del turista de aventura y marihuana " cool" es decir " in", piel bronceada-pero no mucho-, pantaloneta larga blanca de estampados con flores azules, collar de arrecife blanco y gafas oscuras. Me fijo en el por su ubicación frente al paisaje, me recuerda las pinturas de Frederic, el pintor romántico que impedía que otros penetraran en la sensación que le producía su paisaje, la ubicación del muchacho me impide alcanzar a disfrutar de lo que él mismo piensa del paisaje. A todas luces un ser humano frente al paisaje, y yo soy su espectador, asisto a ese encuentro ajeno, a la fiesta privada con su entorno, naturaleza entendida por su absoluta dominación y domesticación.
