"puerta" Oscar Salamanca en discursos Breves
fotografia instalada en la puerta de la sala de exposiciones de la alianza Colombo Francesa Pereira, marzo 9 al 11 de abril del 2007, exposición discursos Breves

Puerta
Escarbar la memoria con el ánimo de producir una conmoción íntima, capaz de echar por tierra la autoridad paterna en beneficio de una vida libre, libre de culpa. Una puerta es solo un conjunto de maderas dispuestas, precisas, un objeto obra cargado de sentido franqueable y fin.
Mi padre murió hace ya cuatro meses, viajé para su sepelio y cremación, días antes de su muerte hablé telefónicamente con él, nos dijimos varias cosas de nuestra propia cotidianidad, es decir, el habló de su sorpresiva recuperación y yo le hablé de los problemas con mi nuevo trabajo de profesor, le comenté sobre la decepción que implicaba el acoso laboral al cual estaba siendo sometido por personas indecentes y sin escrúpulos. No entendí por qué le hablaba de estos problemas (de otros), ya que desde los 10 años decidí no volver a confiar en él, después de habernos abandonado. Sin embargo, en esos 13 minutos que duró la conversación, mi padre se despojó de la suciedad del mundo y yo hice lo propio; atrás quedaron las discusiones aplazadas, los regalos de cumpleaños acumulados y la deprimida imagen de un padre derrotado a pesar de su energía en proyectos imposibles y la certeza reprimida en alguien victima toda su vida de sí mismo, al final una sonrisa marcó la despedida...definitiva.
La obra "puerta" surgió de repente y sin propósito plástico, se puede decir que antes que obra, esas cosas de colores envejecidos que caían al suelo, heridas de muerte, eran producto de una reacción, definitivamente, la prueba de un performance que perforaba el recuerdo. La obra decide convertirse en obra cuando la mirada nos seduce por la memoria que la contiene, nadie puede escapar, la memoria araña el producto del dolor y la sinergia de nueva vida. Durante cuatro días en largas jornadas, decapé meticulosamente la puerta principal de la casa paterna; una puerta construida en madera maciza, pesada, gigante y soberbia, nunca antes descarnada de una manera tan definitiva y brutal. Mi tarea fue simple, quitar, buscar, despojar de la madera tantas veces victima y testigo de la miseria de un hogar, de lo vulgar de una historia particular, la pintura roñosamente depositada sucesivamente a lo largo de casi 37 años, mi edad actual.
Con la pintura retirada, los recuerdos y memorias también se diluían, aparecían como fantasmas de casa vieja y desaparecían entre la debilidad del recuerdo colombiano; arañar la puerta se convirtió en historia violada de mi familia y la mía propia en crisis. En esta casa y a través de la presencia simbólica que representa, transcurrieron los años más importantes de mi vida: Cada rincón, cada olor, me pertenecen por que los conozco, en ese conocimiento confuso de amor y odio, sentimiento de auto culpa y reconciliación. Especialmente, por que la casa, habla del padre muerto hace varios años, y la carnación definitiva en la madre. Mi casa es un útero gigante con palo de mango y todo.
Puerta, pasillo, pared, suelo, atmósfera de casa de artista, por doble mano, marca la piel desollada de la puerta hecha obra en su detritus. Obra, testigo y memoria intocable, fortaleza ambulante con función de Dios; obra que carga, no es ceniza de cuerpo muerto, es hojuela y alimento para mi sed.
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