Paisaje-contrapaisaje

Caballete de paisaje heredado de Alvaro Salamanca.
Hace unos años, no muchos, un profesor de arte, podemos decir, un verdadero maestro me dijo: “cuando supe que me enfrentaba a un cuadro de paisaje tradicional, preferí no mirarlo”. En esa época de estudiante, en la cual creíamos que el presupuesto conceptual del arte consistía en lo háptico que produce el manejo de los medios, una afirmación tan contundente, hecha por un artista reconocido y tomado en serio, prácticamente destrozó la confianza que yo había depositado en la naturaleza y su representación. Con la negación de la visión, el profesor me estaba diciendo claramente que lo externo, ese trozo de apropiación del paisaje, es impureza (una pretensión que para nosotros se nos antoja ahora, en este tiempo, muy cristiana). Oposición de lo externo por narrativo y ficcionado, frente a un interior enriquecido por la experiencia privada y mecánica de extracción. El paisaje tradicional, ese que a través de la ilusión rompe y construye en la bidimensional no merece la visibilidad contemporánea, El maestro, repito, el verdadero maestro, se negó la experiencia visual de una representación pictórica del paisaje, seguro de que allí no había sino vacío de significado y exceso de estilo (no el estilo en la obra de Deleuzze) En el discurso contemporáneo del arte, no interesa si la pincelada o el rasguñado o la pulsión interna expresa el grado de buen o mal humor con que nos hemos levantado, o que el colorcito bonito quiera traducir la protervia de un mundo del engaño y la simulación: uno puede argumentar sin argumentos el arte. Pero el verdadero maestro se negó a mirar esta pintura, para no tener que cargar con una mala experiencia, con un contenedor de detritus mentales inconclusos. Es cierto, que cuando nos referimos al paisaje relacionado con una visión de época y sensibilidad estetica determinada, terminamos por comprender las grietas de nuestra nueva construcción de naturaleza. A veces, es mejor no mirar o exponernos a eliminar de una tajada un pequeño-gran trozo de historia y pensamiento: cómo no mirar un paisaje del siglo XVIII independiente si se hizo en Europa o América.
En mi tiempo de estudiante, que entre otras cosas no ha terminada, adquirí el hábito del paisaje como un hábito complementario de lecturas y dibujos de agenda; es decir, el paisaje para mi representó y continua haciéndolo, un espacio de ensimismamiento, un lugar de estudio donde encuentro salidas a problemas viejos, también con la plástica. De hecho, creo que el alejamiento de la práctica del paisaje, terminará por alejarnos de una comprensión del arte a nivel profundo. Esto fue algo que sólo hasta ahora, cuando ya tengo 39 años de edad, y más de 18 dedicados al arte, puedo decir. Del maestro, el verdadero maestro, me quedó el cambio de mirada (un verdadero maestro hace esto con mucha sutileza, colocando a su estudiante en el filo del abismo: no lo empuja, no lo retiene, su misión consiste en dejarlo allí enfrentado a su propia determinación) y la virtud de comprobar que el paisaje, dentro de su gran tradición en el arte no ha muerto, debido a que no se ha terminado en él su laboratorio, como tampoco se ha terminado el arte y las concepciones de belleza; lo que ocurre es que el paisaje ha superado la deconstrucción y el entorno producto de su representabilidad. Ahora, el paisaje se compone de extraños juegos de oposiciones o bien de sutiles paralelismos:
paisaje-espíritu; paisaje-animal; paisaje-negación de país; paisaje ontológico; paisaje-sublimidad invertida; paisaje-yo; paisaje-profesor vil; paisaje-anamorfis; paisaje-ilusión de estrella; paisaje-profundo sentido de masturbación; paisaje- alejamiento de lo natural; paisaje- odio de lo humano; paisaje-expropiación del hermano; paisaje-desentrañamiento; paisaje-vaciamiento; paisaje-muerte al maestro; paisaje-padre muerto; paisaje-arte decadente; paisaje-pinturas chinescas de mal gusto; paisaje-oposición a la expresión; paisaje-expropiado; paisaje-dibujo; paisaje-interior; paisaje-letrinocéntria; paisaje-coprofuga; paisaje-contrapaisaje


adiós... dijo
Ya entiendo esto de coctelera, como se va de carne a paisaje, pero según Foucault son parte de la misma cosa. Sin embargo no hay paiseje fuera, ni interior dentro; somos paisaje, no existen sujetos aislados porque el paisaje todo lo conecta; nos aterra el paisaje porque parece negar nuestro ser únicos, pero el paisaje se extiende a través de los ojos al alma como el alma se escapa por los ojos al paisaje; el paisaje aquieta el furor del alma y es ese mismo furor el que se extasía con el paisaje.
Pero de repente estos cocteles me marean porque van al ritmo del alma que alimenta este blog...adiós...
25 Septiembre 2007 | 02:56 AM