De repente el día se levanta a mitad de camino entre la bruma y ligeras gotas de rocío; no hace frío pero la sensación del paisaje es que, efectivamente, de pronto todo se volverá completamente gris, indefinido, leve. Mi descripción del paisaje no puede ser otra que la descripción de un paisaje ficcionado por la mirada: me acerco al paisaje con sigilo y desconfianza al mismo tiempo, aun no me encuentro tan seguro de encontrar en el paisaje respuestas a las múltiples preguntas que surgen cuando buscamos en aquello externo definiciones concretas de lo indefinible como lo es el arte, la naturaleza, el recorrido y la memoria. Súbitamente, el paisaje visto como una extensión saludable de la ficción de un tipo de arte, no hace sino ilustrar la profunda escisión existente entre arte, representación y verdad; con todo, la función del arte hoy no es ya la búsqueda de conocimiento, sino la insistente necesidad por la verdad. Hay quién se cuestiona que la verdad, o esta verdad boceteada, pero en extremo figurativa, necesita más cuerpo, más claridad, sobretodo ahora cuando la bruma del paisaje comienza a entorpecer la claridad de la visión.
En esa búsqueda conciente o inconsciente de la verdad a partir del arte, los estetas “verdaderos” extrañan la densidad del discurso, a la vez que rechazan la futilidad de la apariencia conceptual de la obra de arte actual. Entonces, la crítica se empeña en cargar a la obra de obligaciones trascendentales sin apenas reflexionar sobre cuestiones como pérdida de significado, pérdida de volumen y sustracción de peso, que son en últimas acepciones identitarias de la naturaleza de la obra de arte hoy. Frívolo es el pensar una obra de arte caracterizada por la simulación al extremo, esto es como asistir a un triste concierto de piano a una sola mano; pero frívolo es también quedarse con la apariencia superficial de una obra como la de Emel en el XII Salón regional de la zona oriente. La obra de este artista de contratación Santander es muy frágil en su parte exterior, porque es fácil quedarse con el desgano de un camino recorrido a lo Forrest Gun por la trocha y la aridez del gran Santander rememorando el proyecto de la expedición botánica sin flora ni fauna (a mi me gustaría ser el pintor de tu expedición de guerra declarada y hacer tras cada combate un óleo imaginado de tus victorias, ya que aspiro a pertenecer a la historia, a la gran historia del arte santandereano). Pero al mismo tiempo – y para combatir el desgano y la frivolidad del símil del reinado de belleza- la obra es terriblemente profunda por el hecho mismo de soslayar la discusión de fondo: simular y vender una imagen de algo que no somos y que nunca nos interesó realmente, como es la misma noción de patria y regionalismo. La profundidad de la obra de Emel y Manchas su perro de andadas, remite al mito de la literatura de caballería, pero en sentido inverso y disfórico: no hay molinos, no hay doncellas, hay aridez, hay vacío. La obra es regionalismo a ultranza pero al mismo tiempo sabe de su veneno y por eso recurre al viaje, segura que viajando se destruye tanto regionalismo.
Emel y Manchas, artista y artilugio “natural” se burlan de la pretensión grandilocuente del proyecto de la modernidad, en todo mesura y clasificación y, asumen, turista y vagabundo el ocaso del tecnicismo y la taxonomía, con la instauración del ridículo por el espectáculo y lo fatuo por certidumbre. Sí es cierto que aún no es clara la intención del artista, porque él mismo no ha decantado su laboratorio, también es cierto que en propuestas procesuales como ésta lo más importante es el vestigio, la huella; acordémonos que la obra nos propone una certificación constante únicamente visible en el espacio web, por eso mismo el éxito de la propuesta consiste en la calidad de la información virtual, algo que debe cuidarse al detalle. Cuando Emel se da a la marcha por los caminos del Gran Santander acompañado de su perro, vemos la movilización con un norte y un plan, pero sin sentido; quiero decir, una clara alusión al sentido en general, un punto de vista sobre la intuición de que las cosas que pasan en el territorio son problemas convertidos en ideas plásticas. En este momento quiero pensar con fuerza la obra de Emel como la caricatura que es, un develamiento suspendido de la pérdida de valor del discurso del arte y un distanciamiento nostálgico de aquello que una vez representó la naturaleza. Santander, ese departamento que es también el sur, no ha dejado por un momento de cuestionarse, como bien lo dijo Walter, el territorio. Nuestra primera lección artística consiste en arrojarnos sin prevención al paisaje, a la loma, al río, seguros que nuestra cultura terminará por sanear la falencia de identidad y preconcepciones de región y de país. Nada es tan leve como la idea de país y región en una nación desvencijada por la crisis constante, pero nada es al mismo tiempo tan pesado como la sensación de tierra y pertenencia. La obra de Emel es leve y no sólo por las estrategias intangibles e invisibles de su trasegar privado, sino también por la presencia de extrañas geometrías invisibles en un pensamiento mediado por la región y sus conflictos; de hecho él mismo ha sufrido las consecuencias de esta guerra colombiana de la ignorancia. Fijémonos que lo leve de su andar es equiparable al desplazamiento, una mezcla de vagabundeo turístico, oposición de verdad y risa contenida. La levedad en la obra de Emel y su canido, metáfora triste del testigo mudo, consiste en generar en el individuo una incomoda sensación de lejanía y distancia, lección sencilla hoy: la indiferencia.
Emel, pintor con grandes escenarios tu obra no habla del Gran Santander, tu obra habla de la gran indiferencia construida con extracción de muchas direcciones; un ejemplo cuando habla de una extracción o retracción del vacío; quiere decir que el paisaje es poco menos que la falta de verdad, pero, sin embargo, depositas cariñosamente en su lugar la nada, cosa que se agradece ante tanto nihilismo.
servido por oscar
18 comentarios
compártelo