NY, una obra de arte en donde todo suma y nada resta.
Cuando la mirada necesita un escenario llamado paisaje para dejar en esa visión, un "algo" de lo que somos, es cuando empezamos un proceso de reconocimiento del lugar que necesariamente empieza, o debe empezar, por el arriba hacia lo que esta debajo de nuestros pies. Este es el proceso en una ciudad que ha crecido hacia arriba, más arriba de lo que nuestra percepción humana considera prudente para no consumirnos en la irracionalidad. Caminar por las calles de Nueva York implica una tención entre la fuerza de la gravedad y la expansión de la mirada; así, cada paso que se da es en realidad una suerte de desafío centrado en el peso. Al pasar de los días la dirección de nuestro rostro comienza a interesarse por la cotidianidad, esto es, bajamos la mirada con rabia contenida; nuestra mirada cae, por decirlo de alguna manera, de las alturas de la fascinación, lo que quiere decir que la caida no es la ficisidad del edificio o la gargota imposible viviendo en las alturas, sino es la caida de la urgencia en el trasegar de los individuos, en la moda, en la belleza. Sin embargo, este retorno a nuestra anatomía de la mirada frontal continua proponiendo para el juego los deterioros conceptuales de sentirse turbado, atrapado, bajo la presión de un sonido constante que nunca se dilata,( en el viejo cementerio que existe en plena ciudad, uno puede sentir ese sonido constante de un ser orgánico que tiene vida propia, que descansa y gime sosegadamente), que nunca se detiene. Esta fue mi percepción del ambiente de NY cargado con un aroma difícil de definir, porque el ambiente newyorkino es una mezcla de orines viejos y café recién hecho con urgencia. Algo escatológico, sin duda es el olor de esta ciudad, pero como todo lo escatológico ella representa el resultado filial de la acumulación de experiencias, una detrás de otra, como si se tratara de una obra de arte en donde todo suma y nada resta.











