La Coctelera

oscar salamanca

artista plástico

18 Julio 2008

Desde la ventana de un bus turístico

Es más o menos la una de la mañana, voy en un estado somnoliento arrullado por el vaivén del tren en las duras líneas férreas del metro subterráneo; a mi alrededor, quiero decir, junto a mi, no hay nadie, sólo una mujer negra de avanzada edad al final del vagón. Ella duerme placidamente, quizás este recorrido de ida y regreso del metro atravesando la ciudad entera sea, en realidad, su hogar, su protección, frente a la dureza de la calle, del pavimento.

He comprado en descuento un par de zapatos Bally; no conocía la marca y ahora, cuando ya los llevo puestos como una ganancia de este viaje, reconozco en ellos una sensación de comodidad diferente. Entonces me pregunto si un buen par de zapatos son importantes en una ciudad grande y maravillosa como esta, tan cargada de peso físico y desplazamientos del ser.

Ayer, huyendo de la presión de mi hermano y su amante homosexual, he buscado sin mucho entusiasmo un trabajo. Las ofertas del periódico latino no son muy alentadoras para un recién graduado de artista plástico que busca ser famoso y triunfar en la metrópoli: se requieren meseros, barmans y porteros de parking con experiencia. Mi experiencia en el mundo fue otra, la experiencia en el arte, en el dibujo academicista, en la mirada crítica del arte contemporáneo, pero nada de experiencia en la vida fáctica, real, la que nos permite continuar con otras experiencias.

No lo intenté más ese día, me sentí tranquilo porque aún me quedaba un buen ahorro en dolares de la venta de 30 obras a una galería de Bogotá. Me acuerdo, ahora que ha pasado más de 15 años, que yo me sentía siendo un artista, capaz de vivir de mi trabajo plástico y viajando por países extraños, industrializados, exóticos, sin necesidad de gastar mi tiempo y energía entregando mi fuerza a trabajos diferentes a la creación. Prueba de esto el hecho de estar asistiendo a una academia con profesores que por lo menos han intentado, sin éxito, aparecer en la historia del arte universal. Yo ya no pintaba sobre lona costeña sino sobre lino.

Mi hermano, pintor y de los buenos en Colombia, había venido a la ciudad en busca de un sueño similar al mío, de hecho, creo que yo terminé encarnando su sueño y también sus frustaciones: ser artista. Él vivía en un pequeño apartamento al otro lado del rió, fuera de la ciudad. Mejor dicho, como artista aún no vivía en el camino del artista, no tanto por no tener la certeza y seguridad del significado que implica ser artista, sino que para ser artista de esta ciudad era necesario vivir en un área de facil acceso al curador, al galerista, ya que ellos, únicos conocedores y validadores de lo que es el arte no acceden a desplazamientos tan lejos de la ciudad. El apartamento de mi hermano, a pesar de no estar ubicado en la ciudad, representó para nosotros el mejor escenario para crear y sentir el flujo de la creación y el arte. Su tamaño fue la excusa para la decoración a bajo costo de un exquisito gusto: paredes con ladrillo a la vista, acuario marino, colección de arte y música de todos los géneros, alfombras y tapices de la India y Europa, cubertería de diseño, entre tantas cosas esplendidas de su mundo. Yo vine a vivir con ellos, una pareja homosexual, ambos artistas plásticos sobreviviendo en el ambiente más voraz y exigente. La apuesta era dos en contra un mundo de negaciones, no tanto por su condición homosexual, sino por su condición de artistas desconocidos y talentosos. Nunca nos buscarán las galerías ni los museos, les repetía una y otra vez: ¡nunca! Nosotros tampoco nos entregaremos al sistema cruel de la farándula y despotismo del mundo del arte.

La idea era reservarnos para el “gran arte” alejados de la inmundicia de la alcantarilla del mundo del arte; esta mirada nos daba un espacio para la dignidad que nunca he vuelto a sentir. Mirar con desprecio al mundo del arte era nuestra salida y nuestra esperanza. Pero esperanza traicionada por la realidad de no importar para nada a esas galerías que tanto criticábamos: nos sentíamos puros por estar al margen, pero soñábamos todos los días en exponer en eso lugares y salir en las revistas especializadas de la mano de nuestras obras y fama injustamente no reconocida por todos.

Yo sospechaba que algo no funcionaba como queríamos, pues la estrategia del bohemio y el esteta sin más no estaba dando resultado. Hacia falta una estrategia de avanzada que nos vendiera, no sólo los cuadros, sino también nuestras pequeñas historias. Mi propuesta era comer arroz blanco y pechuga asada una vez por día y mandar a cuanto chuzo de galería, eso sí bien ubicada aunque desconocida, imágenes de las obras. Sin duda lo hice y busqué con desespero la oportunidad.

Mis ahorros no pudieron más, tampoco mis bally ya cansados de atravesar diariamente el puente de camino a la academia y los museos y luego al apartamento, y tuve, a pesar de mis terribles sueños premonitorios, que regresar a mi país.

Luego, pasados 6 meses, mi hermano me llamó y me dijo que algunas galerías querían exponer mis telas y que también llamaron de la televisión latina porque yo hacia parte de una curaduría importante; le dije que en mi lugar él fuera a esas cosas, a esas entrevistas y por otro lado que, finalizadas las exposiciones que tanto busqué, recogiera mis trabajos y viera a ver que hacia con ellos. Después, cuando mi hermano renunció a su apartamento y a los peces de mar y vino a morir a Colombia, me confesó que a mi me había faltado tiempo en esa ciudad; pero, ¿para qué tiempo? si mi carácter y ansiedad no me dejaban siquiera lavar platos o ayudar en la construcción, únicas posibilidades reales para cumplir los sueños del inmigrante artista. Todo lo guardo en fotografías, las cuales hoy, cuando la ciudad vuelve con sus furores sobre mí, he logrado tomar desde la ventana panorámica de un bus turístico que, cruelmente y sin saberlo, me hizo recorrer las mismas calles y los mismos recuerdos enrevesados de mi adolescencia artística en Nueva York ¡Cuanta vida viví en ese lugar de la proclividad del amor!

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