La Coctelera

oscar salamanca

artista plástico

29 Julio 2008

La triste y terrible historia del oso negro en Nueva York

oso negro avistado en Nueva York

Bajamos por la pendiente que da a la casa del viejo refugiado de guerra, la distancia se hizo corta por el camino empedrado y los descansos oportunos que hicimos tomando todas las precauciones. Al llegar, el sitio daba pena, no parecía una casa habitada, las paredes se encontraban desechas, la puerta desvencijada, los pórticos de las ventanas colgaban amenazando con caerse en cualquier momento. El impacto por el estado de la casa me recordó por un instante la pobreza, ahora normalizada, de mi país. Entré sigilosamente en el balcón que conduce a la puerta principal de la casa del viejo aquél olvidado y maltrecho; levanté mi mano con la intención de golpear una o dos veces la puerta, en un llamado discreto, no muy fuerte, pero lo suficientemente sonoro para llamar la atención, fueron uno, máximo dos los golpes cuando de repente desde adentro de la casa se sintió un ruido escabroso, atemorizante; era una especie de susurro profundo y grave que hacia vibrar la madera de los pisos y el suelo. Tanto mi acompañante, una bella adolescente australiana que decidió dejar la comodidad de su hogar en su país para acompañarme a mi en este viaje a la provincia de Nueva York y yo, salimos corriendo de aquel lugar, asustados con lo que parecía algo inminente, una persecución en donde las victimas seriamos fácilmente reducidas por la voracidad de una bestia descomunal; obvio, esa sensación figurada del monstruo oculto nos las produjo la potencia del grito insoportable. Corrimos varios metros hasta sentirnos seguros detrás de un árbol grande y alto.

¡increíble! Nadie se percató de lo sucedido, ningún vecino de aquel viejo gruñon y desfigurado vino a nuestro rescate; parecía que no existiera nadie en el poblado de Nortplains, solo mi bella Carol y yo.

Calor tiene apenas 17 años, menor de edad para la sociedad, pero una mujer muy experimentada en las cosas que atañen a la vida y el amor. Cuando yo la conocí, ella lucía radiante, pura, como iluminada por un espíritu sobrenatural. Me acuerdo que me llamó la atención inmediatamente, en parte por el vestido de etamina de flores que vestía y su larga cabellera rubia, precisa y perfumada, pero también por sus ojos verdes profundos, serios y divertidos a la vez, que hacían de cualquier objeto o ser algo insignificante. Yo la observé con atención, oculto tras una estantería abarrotada de checheres viejos e inservibles de un local de mercancía china en la calle canal de Nueva York. Ella miraba, así como yo, concentrados, estos objetos maravillosos y viejos con infinitas historias de travesías marítimas, desembarcos ilegales y nuevas conquistas para la imaginación en esta cultura del reciclaje y la estética del bricolage. Yo me entretenía mirando a Carol y pensaba en lo que ella pensaba, mirando siempre la oportunidad para hablarle, y convencerla de que mi edad no importaba ni era impedimento, que no importaba que yo doblara fácilmente esos años cuidados de su pubertad.

Ahora, tras este árbol de flores amarillas intensas, mi niña y yo temblábamos esperando que saliera el monstruoso animal, el cual cada vez más acentuaba los grunidos y rasguños furiosos desde dentro de la casa. Si uno se esmeraba podía ver, sin problema, que se trataba de un animal gigante, de pelaje negro, fuerte, de garras afiladas y agresiva dentadura, mirándonos fijamente deseoso de alcanzar a quienes perturbamos su intimidad. Yo le dije a Carol: huyamos, alejémonos por este bosque en busca de ayuda, ya que en nuestros teléfonos celulares ninguno tenia minutos para hacer una llamada, asi fuera a esos servicios de emergencia que nunca funcionan. No, ella no quiso, se encontraba aferrada a mi brazo, clavándome las uñas de niña en medio de una histeria de mujer adulta; nunca antes había visto en su rostro reflejada la madures y el miedo. Verla a ella en ese estado me derrumbó irremediablemente y ambos sin mediar más palabras nos quedamos petrificados del horror.

Lo que ocurrió luego nadie lo sabe, yo me desperté, algunos días despúes, en casa de mis tíos que viven en Nueva York. Lo primero que hice fue preguntar por Carol, pero nadie la conocía ni sabían si quiera que ella me acompañaba; también pregunté por el oso y la casa del viejo veterano de guerra, me mostraron esta fotografía,que ahora muestro orgulloso a todo el mundo, tomada por un fotógrafo aficionado justo en el momento en que el animal se disponía a darnos alcance; del viejo nadie habla.

Carol , me dicen, es una imagen que suele aparecer cuando la soledad me acecha y el instinto por mi supervivencia corre peligro; eso dicen quienes me han estado medicando, pero yo les puedo asegurar que nada de estas afirmaciones y diagnósticos es cierto, yo se que Carol existe, ella es real, incluso me enamoré de Carol en el viejo local del barrio chino en Nueva York, se acuerdan que yo les comenté; Esa tarde de verano le hice el amor cientos de veces, también hablamos de arte y de cosas menos aburridas, corrimos por el parque central y hasta creo que ella fue, en realidad , quien en el momento crucial tomó aquella fotografía del oso llevándose para siempre mis miedos ancestrales.

O.S

servido por oscar 21 comentarios compártelo

21 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de oscar

oscar salamanca

Colombia
ver perfil »
contacto »
masquearte www.oscarsalamanca.net salsalamanca@gmail.com

Fotos

oscar salamanca todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Categorías

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera