ACALLAR LA VOZ DEL MUERTO INSEPULTO
La voz no es la del sepulturero, pues este trabajador del humanismo nada tiene que ver con la protervia cancerígena del mal profesor o el cura, ambos profanos del pensamiento creativo.
La civilización tal cual ha llegado a nosotros la componen dos tipos de seres humanos, a saber, inhibidores y desinhibidores. Los primeros logran subdivisiones complejas y extrañas, difíciles de identificar. Existen inhibidores encargados de crianzas de seres humanos por la luz de su pensamiento, y porque simplemente ven más a la distancia que otros. A estos les hemos encargado la ardua tarea de una transmisión clara y libre, sustento del arte y la vida digna. Existen, sin embargo, otros inhibidores, que difieren de los anteriores, porque ellos, a sabiendas de su posición de poder frente a los demás, instauran a conciencia el peligro y la pérdida de sentido en la vida humana por efecto de la simulación y desviación del conocimiento. Es decir, mientras unos reelaboran un riguroso plan de sentido a partir de la experiencia del otro libre y pensador, otros domestican seres humanos. Cuando el pensamiento subyace a la mansedumbre y la virtud de una norma escolástica, deviene el ser humano disminuido, lleno de gozo, seguro y ante los demás siempre alegre, siempre ameno, siempre humilde. Nosotros, al parecer, habitamos y conformamos ciudades de seres dispuestos a la virtud y la alegría constante, por ello somos, también, seres insignificantes y susceptibles a la domesticación, seres humanos chiquitos en la vida de gigantes, donde el lobo ha sido convertido en perro domesticado. Me alejo del inhibidor de conciencia porque es nocivo al pensamiento y enemigo del aporte de la letra leída y el concepto comprendido libre, riguroso, individual y privado. Me alejo de él lo que más pueda porque he de preservar la literatura como la acumulación que es de lo que nos reconocemos en lo humano y la cultura. No acepto que la creación (artística o artesanal; virtuosa o mediocre) sea ajena al saber y la transmisión. De lo que se trata el mundo de hoy es el mensaje de los otros; yo comprendo lo que dicen por los relatos de sus obras y la fuerza desinhibitoria de lo que sus experiencias nos aportan en ese distanciamiento diario de la muerte que es mi mundo. ¿Para qué un arte idiocio? de esto hay mucho y por doquier. La literatura y el arte no nos quiere pequeños ni complacientes, tampoco siempre felices e inofensivos; por el contrario, ellos nos quieren inhibidores-desinhibidores de un rebaño contingente de vida. Nuestro manifiesto será acallar la voz del cadáver insepulto en la figura del inhibidor de conciencia y la muerte. ¿porqué he de alejarme del texto y el discurso? ¿porqué coloco en situación de rivalidad la literatura, la comprensión del arte y la filosofía respecto de mis procesos de creación? Por lo menos el sepulturero y sus prácticas de enterramiento, sabe de la importancia de su oficio desinhibidor ante la vulgaridad de la exposición de la carne descompuesta y el aliento pútrido.
