Hombre-arte, ermitaño violento que vive en la barricada florida construida en la Universidad Tecnológica de Pereira


Me niego a creer en el vecino, se escuchó pausadamente en la voz del anciano cargado de experiencia y soledad. No pretendo ahora, continuó el viejo, buscar en la tranquilidad de la barricada ese lugar de lo apacible cuando a todas luces, muchas veces me refugié en el cobarde harapo y en la tierra negra contaminada de mierda que me dieron por el favor de tragarme mi pensamiento y guardar silencio frente a la comunión de esta horda de hijueputas. Así como a Yolanda, la líder campesina asesinada vilmente por los paramilitares, le dieron un hueco por tumba donde apenas cupo de cuclillas, robusta y grande mujer colombiana, a mi me dieron un pedazo de tierra envuelta en un metro cuadrado de bultos apilados y por demás del Estado: tierra mezclada de mierda de Pereira por años.
En realidad nadie me la dio, porque el Estado al final es un abstracto, fue el arte. No obstante, el arte, en medio de su abstracción, hizo posible que existiera para mi un metro cuadrado, un hogar al fin de cuentas, construido con bolsas modulares de tierra contenida en telas con exquisitas decoraciones floridas y populares. El proyecto artístico, en su afán de encontrar una diálogo, una transmisión segura a los públicos de la conciencia problemática de nuestra sociedad, convocó a una masiva donación de telas de cortina, sábanas, cubrelechos o algún otro tejido que tuviera “pintas floridas”, las cuales permitieron la elaboración de costales para la barricada. El objetivo consistía y consiste ahora, creo, en hacer visible un problema soterrado de desconfianza en el propio vecino visto como sospechoso. El “vivo” de la tela con todo su color connotaría la estimulante ironía y simulación de jugar entre lo bello estético ficcional y la terrible realidad de una estrategia bélica al servicio de la comunidad.
El arte, entonces, me dio la barricada como casa, ellos la seguirían viendo como estrategia de producción de sentido, yo, simplemente como una consecuencia de transformación del entorno y refugio. Algunos profesores y estudiantes avezados me han abordado para decirme que la barricada, en realidad no es un lugar, o mejor, es un no lugar como si yo no entendiera que un proyecto artístico fallido como es éste tampoco es un objeto, ni cosa estética, ya que su función protectora nunca se ha cumplido y eso, perdónenme ustedes, fue la base fundacional de la materialización de la propuesta.
¿Qué es entonces una barricada florida inocua? Es un NO objeto, puesto que se ha escindido su función mínima del significado, para convertirse en concepto gaseoso minado y mediado por la experiencia de una realidad objetual que lucha entre el paradigma de ser obra de arte o cosa útil.
Tengo conciencia que lo que soy me lo ha otorgado el arte, hoy la barricada por casa y ayer el estado de invalidez que produce caminar todo el tiempo agachado. Por lo anterior debo explicar el sentido de mis palabras.
Yo con el arte tengo todavía mis problemas, soy, y lo acepto así, un hombre arte. Quiero decir que hace unos años yo era una persona normal, caminaba normalmente mirando firmemente al horizonte seguro de mí trasegar. Pero de un momento a otro, me fui encorvando hasta llegar al extremo de no poder caminar sino completamente flexionado, es decir y como se dice vulgarmente, agachado. Camino en cuclillas sin poder despegar mis ojos del suelo. Descubrí que este extraño comportamiento de mi cuerpo se debía, así como el proyecto de la barricadas floridas, a una idea proveniente del arte y así mismo descubrí que yo soy un hombre arte porque algunas ideas del arte se materializan en mi.
Un artista plástico tuvo una idea en la cual todos los seres humanos caminaríamos agachados sin poder mirar al frente como una metáfora conflictiva de la vida contemporánea y un desafío a la evolución de la especie. Entonces, la potencia protérvica del enunciado artístico de inmediato se posesionó como un virus disangélico en mi humanidad y terminé caminando a ras de suelo, terminé viviendo en el sustrato del mundo.
No tengo conocimiento si en otras personas se “materializó” la obra de arte como en mi caso, pero eso no importa, ya que es otra manera de encontrar sentido, no tanto para el arte sino para la vida, soy , a todas luces un hombre arte, un hombre en quien la metáfora vive con todo ese activismo orgánico.
En la obra barricadas floridas se completó en mí una especie de círculo macabro ya que si antes una idea doblegó mi cuerpo, hoy otra idea plástica me ha dado como casa una barricada de defensa, un laboratorio de guerra. Digamos la verdad por favor: el hombre arte que soy busca la verdad de la belleza hoy en la violencia, cuerpo violentado y espacio mecanicista estético de ella. Quiere decir que el arte contemporáneo ha descubierto en la violencia la acepción de belleza hoy. Los eruditos no podrán discernir, ni lo poetas tampoco se deberán alejar de esta premisa que veo tan claramente desde mi pobre perspectiva subterránea.
La violencia es la idea de belleza de nuestro mundo contemporáneo, por ello soy consecuente y recurro a su escarnio público seguro de encontrar en la violencia el sustento de toda producción del arte para otorgarle un sentido a nuestra vida. La violencia y sus enunciados nos alejarán incomprensiblemente de la muerte porque nos proporcionará los elementos salvíficos necesarios, la violencia no es tanto la muerte sino una estrategia de la estética contemporánea.
En mi casa barricada viviré a expensas de la violencia esperando machete en mano que esa suerte de dibujos que una vez me conformaron se defina en la realidad de la verdad y la acción. En otras palabras, el arte me influye y el arte decide mi vida y mi comportamiento.
Yo creo en la violencia, me perdonarán, alguien de mi edad y experiencia que diga estas cosas, pero es la verdad, creo en la belleza de la violencia, el retorcimiento e hibridación de los cuerpos, la fragmentación cínica, la ubicación a conciencia del atascamiento de la frustración, pero también el simulacro de la protección, el juego inocuo del arte y la estupidez de generar lazos de comunicación humana con toques simulados de estética de pueblo desplazado y pobre. Creo en el ataque más que en la defensa, ya que esta pírrica defensa de una barricada decorativa en el espacio público, no es más sino una estrategia literal de desgaste posmodernista, de auto revisionismo poshistórico, de extracción sublimada en lo posible.
La violencia no es sólo el desgarramiento del ser y la muerte como fin último, sino también el espacio para la reflexión desde el arte en su pasividad combativa del pensamiento disidente. Señores, no soy guerrillero cuando hablo de resistencia, como tampoco pretendo hacer un nuevo grupo de combatientes con la sabia de la resistencia. No, hablo de resistencia frente a la composición de mundo hoy, a las mecánicas que nos han llevado a la violencia degenerativa de andar agachados, mirando nuestros pasos, teniendo exceso cuidado de donde pisar, sin levantar la mirada y buscando como único refugio de hogar la barricada por demás decorada con la superficialidad de lo decorativo en nuestras vidas. Esta es la violencia aquí convocada, ya que mirar directamente y decir las cosas representan en el temeroso, en el pelele, miedos y violencias pronunciadas. La belleza es la violencia, hagamos una fiesta, proyectémosla naturalmente como propósito plástico y sino fundacional del arte de hoy.
Ser hombre-arte tiene sus momentos, la mayor parte del tiempo, siempre agachado y mirando al suelo, me descubro interesado en la lombriz de tierra, en el gusano que vive junto a mi, en la cucaracha grande y placentaria. En ese tiempo muerto detrás de la frontera de la protección, cuento los minutos y compruebo con entusiasmo de entomólogo el crecimiento paciente del musgo natural. Por lo anterior mi obra será la enumeración obsesiva y metodológica de todos mis compañeros de mundo no humano. Mi obra dará cuenta de su existencia, los dibujaré pacientemente, haré una reseña cuidadosa del cómo son y cómo viven en mi compañía.
Ahora cubro mi rostro con un pedazo de cobija blanco, un fetiche de la seguridad embrionaria por la pérdida irreparable de mi hermano gemelo, de mi con, ahora olvidado, por ello no hay contradicción entre la intención figurada de la violencia identificada con lo bello hoy y el ocultamiento del rostro de significado placentario. Yo hago un uso estético de la violencia, expongo ante el mundo la agresividad, extrema violencia, de enfrentar al protoenemigo con un machete, allí agachado expectante, arma de justicia romántica, camino gacho entre la multitud y espero, anunciando lo que debe ser el nuevo paisaje ontológico.
La violencia, como dije antes, nada tiene que ver con mi cuerpo encorvado, pues tanto violencia como deformación, fueron impuestas por el arte, hombre arte, grabadas como un tatuaje hecho en fuego desde el arte. Es consecuente, entonces pensar que todos los esfuerzos hechos por enderezar mi esqueleto y guardar la epopeya de la hoja filosa y cortante han sido en vano. Mucho me temo que no podré, de nuevo, volver a erguir mi anatomía. Pero aquél artista que me dio esta forma y ahora el proyecto que me da un hogar no tienen porque desligar la evidencia del arte en esta suerte de consecuencias que, ahora, para nada los involucra. No importa, estas cosas pasan y pensándolo bien, poseer una curvatura tan pronunciada en mi esqueleto lo sigo considerando una buena idea para el arte que, unida a la altura del metro cuadrado de la barricada florida- hogar, encuentra una relación más que conceptual.
A partir de los proyectos artísticos he caminado agachado y también desde el arte me encuentro en una difícil situación de defensa. Me pregunto: defensa de qué, quizás de producir un dibujo aotuodefensable, de producir constantes performances producto de la escena dramática del teatro, machete en mano y dispuesto a generar más y más belleza en la potencia de la violencia. El arte me ha hecho combativo de un día para otro, y esto no se debe a la naturaleza de la barricada, la cual es hasta pacifica, sino a la lógica belicista de su propia existencia. Mi instrumento para producir arte es el machete y estar agachado, ambas situaciones, performances y acción plásticas se convierten en el no lugar y el no objeto tantas veces buscados por la hermenéutica fina ontológica. La barricada es matriz y hogar umbilical de compleja comunión, es, a todas luces construcción arte escindida en la función lógica de una vida de tención metafórica y violencia cardinal en un dibujo amanerado a fuerzas de la desfiguración de mundo expectante ante la violencia.
Mi anatomía y ahora mi trabajo de vigía de la violencia indican que la atmósfera del arte ha cambiado y seducido a otros seres, personas que empiezan ya a caminar agachados y con machete en mano por demás dispuestos al ataque y la confrontación ante la tertulia insoportable de lo ingrávido alucinado por el esteta aburrido y rechoncho.
Oscar Salamanca
Profesor Universidad Tecnológica de Pereira
Proyecto “Barricadas Floridas”
Grupo de investigación L’H y semillero DECI-DEPU
12 Salón regional de artistas 2008
41 Salón Nacional de Artistas Nacionales, Ministerio de Cultura, Colombia 2008
