La Coctelera

oscar salamanca

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28 Noviembre 2008

Entropía por estética

Sin título, pelele " el director", oscar salamanca, 2008, mercrominas y tintas 40 x 35 cm

Luego de varios días en España, me he encontrado con una realidad que ya creía transformada por el influjo del tiempo y la distancia. Se trata de la realidad tantas veces vivida del desconcierto y la desesperanza. En los años de exilio voluntario con caracteristicas forzosas de obligatoriedad, me encontré con el silencio, la indiferencia y el esfuerzo por ser ante mí mismo ( nada como los momentos de un inmigrante, eternos, insuperables). Hoy, pasados unos días, he podido ver con la tranquilidad que otorga el camino recorrido, que esa necesidad de búsqueda, incluso de la nada, continúa en otras personas, como si fuera una carga heredada, cruel y sutil al mismo tiempo. En Madrid, la incertidumbre de un artista que se esfuerza por estar vivo frente a la diatriba del gusto de los otros, de la necesidad por crear a consta de la inutilidad de un lenguage prestado y a todas luces insepulto. Pero qué voy a decir, me pregunto, qué argucia inefable he de establar para derrotar al monstruo de la ceguera. Nada puedo hacer sino observar y continuar el camino.

Luego me interné, y esa es la palabra, en una realidad diferente y dura cuando decidí realizar una residencia artística en un pueblo inextrincable de Castilla la Mancha, quizás un lugar equivocado por su alejamiento de todo y la dificultad por acceder a lo que nos corresponde por sociedad moderna. Aquí todo es dificil, diría yo, hasta freir un huevo. Las cosas son luchadas, si no con el vecino, con la naturaleza, ya que la infraestructura del lugar no está adaptada para el ejercicio de la creación en un ambiente confortable: la calefacción es insuficiente para los talleres y en general todo el tiempo en la casa rural se siente frio. Frio del invierno que ya está encima y frio en las personas, somos como leprosos que huyen despavoridos frente a la presencia del otro, como si todos cargaramos una infección de identidad del temor que a nadie, en realidad importa. Es increible que un espacio que debería ser privilegiado en lo humano por tratarse de sensibilidades por fuera de lo común, termine convirtiendose en terreno de mezquindades y oprobiosas miradas de celo y envidia, algo parecido a lo que ocurre en la academia. Una residencia artística es, según lo puedo apreciar, un estado de adolescencia ( es mi primera residencia) donde la creación consiste en la supervivencia física y emocional de nuestra propia naturaleza. En este orden de ideas, la imagen de una residencia se basa en la reconstrucción de un ser partir de la exposición del espiritu sin expectativas sociales en busca de la entropía.

La residencia, por su crudeza ( esto es algo así como defiendase como pueda, no sólo ente la ignorancia más suprema de los encargados, sino ante la indiferencia que cada uno de los proyectos representa para los demás) y vacio, me ha permitido alejarme lo suficiente como para preocuparme por el quién soy y la función de lo que hago y proyecto. En esto, el espacio creado aquí- yo lo llamaría de resistencia- me ha permitido enfrentar directamente el valor, como lo dije antes, de la entropía en la construcción del arte, independiente del tiempo de la contemporaneidad que represente. La realidad que yo creí transformada en la cotidianidad, ahora se ha convertido en la evidencia por escabar en las miserias propias por extraer en la crisis que genera la soledad el resto de estética que sobrevive en el arte, ya que al fin de cuentas una residencia artística busca o aspira al arte.

Sí, puedo decir que uno de los resultados de lo que he tenido que repensar en la residencia, es que la estética ha desaparecido de mi trabajo, me he desprendido de ella peligrosamente, por lo menos de esa estética viciada por lo bello homogéneo y de literal sublimidad. En la estética nueva , en la postestética, me reconozco desafiante y vital cuando asumo que el presupuesto de la belleza deriva de la entrópico en una especie de equilibrio entre razón y sentido, esto, a mi parecer, tambien es el arte.

A pesar de encontrar que la residencia artística que realizo no es más que un negocio, ha representado en mi proceso un momento de reencuentro con parte de esa vida que habia dejado inconclusa en este país; un reencuentro con la amalgama dolorosa que implica el desprendimiento de la matriz segura y protectora de la cultura, para mirar a través de la miseria propia y de los demás, el lenguage portentoso de lo que se quiere decir y significar en el arte, por fuera de la estética y dentro de la denuncia frente a la barbarie y la ignorancia que nos ha tocado como identidad. Hay que decir que las imagenes que elaboro a diario tienen una conexión implicita con la experiencia vivida en Colombia, que aquí cobran fuerza y sentido.

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