Los animales salvajes huyen, Museo TECMIT en la catedral bibliogesica de Bogotá.
Oso perezoso en el Parque Nacional de Bogotá -Colombia, 19 de marzo de 2009
En inmediaciones del parque Nacional y el céntrico barrio de la Candelaria en la ciudad de Bogotá, desde la noche del 18 de marzo han comenzado a ocurrir una serie de eventos con características que van más allá de lo cotidiano, de lo humano racional. Ese día, a las 12 del mediodía, a pocas calles del Museo TECMIT, un viejo boticario de ciencias naturistas liberó por accidente, un sulfato de frielita, compuesto derivado de elementos raros característico por su penetrante olor a hongo amazónico de la familia de la grimatropivieda latinus . El sulfato fue utilizado durante el periódo de la guerra de los mil días para curar las infecciones de gangrena en labios y extremidades inferiores, un sub producto de un virus aéreo, contagiado vía neuronal por los osos perezosos de la región de Palonegro, en lo que hoy se le conoce como la llanura de la vergüenza en el departamento de Santander del Sur en Colombia. De inmediato, cuando el boticario liberó la volátil sustancia, en el Museo TECMIT, ubicado en el primer piso de la casa Republicana, las denditras maleables utilizadas en la restauración de la torre de vigilancia y los fondos cardinalicios del basamento tecnológico mítico comenzaron a sufrir una suerte de transformaciones, por demás de orden atónico, que implicaron en ese momento y ahora, la sensación vaporosa producto de un calor sofocante en el centro de la ciudad. Aquellos que vimos el espectáculo de color emanado del choque termifactico entre el vaho sulfico con el color de la reacción química en el ambiente, creímos haber visto, por un instante, un fuego con connotaciones sagradas más no bíblicas sobre la techumbre de la Biblioteca Luis Ángel Arango, catedral bibliogesica de Bogotá. Calor y espectáculo cromático de repente confluyeron en una sorda e imponente sensación de ahogo.
Afortunadamente para la constitución mítica del entramado de situaciones paralógicas, un joven distraído manipulaba inconscientemente un transportador transparente. El joven se encontraba abstraído en un juego de instrumentos raros para el dibujo marcados con la señal del absurdo y lo inútil. Por un momento imaginémonos la escena: los transformadores ingrávidos se yuxtaponían entre ellos creando una composición imposible de paredes, subsuelo e inframundos dentro del cubo blanco del museo moderno. Toqué incrédulo la imagen proyectada sobre aquella superficie rugosa donde aparecía diluida la forma del muchacho, pero todo cambio frente a la fabula instaurada por el arte contemporáneo maleable, flexible e incluso indivisible de la estética de la desaparición. En conclusión, el calor cromático en la existencia mítica de lo tecnológico hecho arte tiende a desvanecerse irremediablemente, esto último es una abstracción del pensamiento poético instaurado en las montañas y ríos de aguas turbias.
En ese orden de ideas las resinas importadas de Como y las esencias extraídas de los últimos arboles de copal del desierto de sonora, los cuales a luz de la verdad, poseen un fuerte componente de estiércol seco y delicioso olor a madreselva rizomantizan el mal aliento y la flatulencia irreverente, inmanente del barrio la Candelaria y el niño cíclope.
El Museo TECMIT desafiado por la amalgama de mierda verde de cerdos rojos y profesores viles sedientos de academia y tecnología arte, promulga la ética de la caverna ciega en la furia letrinocentrica: nunca más seremos tan felices y creativos como ahora. Mi influencia sencilla emoción, mi vida dada en el perfil, en la representación, es la escena traslucida de los transportadores rotatorios. En el maravilloso pasaje del libro ilustrado medieval del beato Rigoberto nos ofrece una parábola inviuvica con una conclusión parecida: " Regodertum fisdreficutivus meridroctiva ego".
El bochorno, sin embargo terminó por afectar a niños y abuelos, quizás la población más sensible a la sociedad del dibujo descategorizado, donde rasgo, trazo, imagen contexto dinámico nada pueden hacer ante la estampida de los animales salvajes, quienes huyen por no comprender la fenomenología de la creación, de la justicia mítica y tecnológica de la línea en el paradigma del pensamiento.
Es cierto lo que la sospecha manifiesta en pasillos y la institución arte promulga a partir de los doctores del arte: no se nada de arte, nada, me declaro un neófito del arte, de sus técnicas, de sus implicaciones con lo político, lo social y lo económico. En este sentido el MUSEO TECMIT en la Biblioteca Luís Ángel Arango esclarece la imagen soñada y el deseo acariciado del sarcasmo y la sorna, déspota, método y batalla rusticana del poder nimio.
Lo único cierto es que desde el momento de la instalación del Museo TECMIT, hubo un juego, podríamos afirmar, de asociaciones abstractas en beneficio complaciente de la imagen regional sexta frente al abstracto que representa el pensar un lugar del arte. No podría explicarle a ustedes nada en absoluto a riesgo de deteriorar el mito, lo que es susceptible a una descripción analítico-grinmensico es que aún prima un arte dado en las delicadas relaciones incestuosas de la malformación del deseo magestristico literario escindido. Los invito de nuevo a caminar las calles de la Candelaria, en esta oportunidad no dejen de pisar los mogones de mierda recalentada por el sol y aromatizada por lo tecnológico.
Como la idea era alejarse rápidamente de los animales salvajes, alejarse de la huida, yo, siendo profesor universitario y doctor en artes, huí en la estampida, recorriendo lo tantas veces visto: Corrí atravesando viejas y nuevas mallas de seguridad oxidadas del nuevo museo mítico a favor de un antes y un después de la creación. En la carrera cuarta con calle once, Viviana me miró pasar con esos extraordinarios globos oculares verdes y Laura rió, pero en su risita nerviosa olvidó referirse a la dama en solitario que, escamosa, aludía a una Pereira-bandera placentaria. Quiero comentarles confidencialmente que, mientras se surtían los programas de concierto las agencias de redes en esa sala húmeda con olor a hongo amazónico, trate de arrojar por el balcón las letras y textos completos de los libros angelodesicos por no entenderlos en mi vida a salvo de las entrañas de la ignorancia. Laura, criatura inocente, volvió violentamente su rostro ante la desagradable imagen de ver a alguien vaciar sus instintos de una manera tan vulgar.
Había corrido durante dos horas y mis piernas ya no podían dar un solo paso, crucé por el puente peatonal que queda sobre la calle 26 con quinta a varias cuadras del Museo TECMIT, torné a la izquierda dejando de respirar mientras pasaba por el pasadizo de detrás del Museo de Arte Moderno, ya que el olor a mierda era insoportable, bajé las escaleras, subí otras tantas escalas y de repente me vi frente a un espectáculo maravilloso. Nunca, óigase bien, nunca había visto un ser tan extraordinario a tan pocos pasos de mí. Se trataba de un oso perezoso, el cual dormitaba en algún tronco misterioso de un retorcido árbol de siete cueros. No conozco mucho de arboles bogotanos, pero este sí porque su especia se me ha grabado con fuego en mi espíritu, debido a que durante 12 años y siete meses me dediqué a dibujar celosamente los pistilos de su flor morada. Durante esa década me vi obsesionado con el color purpura profundo, la graciosa ordenación de los pétalos articulados en un tubo cálido y amable que conduce al tallo generoso. Ahora que lo pienso, la asociación entre flor de siete cueros y oso perezoso fue lo me hizo detenerme de un jalonazo, como si dicha asociación representara, en realidad, una poderosa e inevitable advertencia ante el peligro por la inmisericorde perdida del primer acto de fe, del abandono del primer ser humano seducido por la energía museística colombiana. Al ver el oso perezoso, creí que todos los supuestos hilos invisibles entre Museo TECMIT y nosotros, no guardarían nunca más relación alguna. Si ustedes así lo prefieren pueden leer en la pagina 3 A del periódico el tiempo del día 19 de marzo de 2009 un texto de apenas dos reglones que da la razón a lo aquí escrito. En la parte inferior derecha de aquella página, escondido tras un mensaje de una universidad, se puede dilucidar que se trata de una colaboración anónima enviada al director del periódico en el cual un lector alude a la expansión del humor del sulfato de frielita en Bogotá, escuchemos, " deber de falsa melancolía recorre la legendaria institución arte del Banco de la República, ahora penetrada en sus entrañas por la química natural ciclópea" fin de texto. Con pocas palabras, por demás enigmáticas, lapidarias y crípticas, reporta, el colaborador, un cambio, un nacimiento inevitable de lo ciclópeo, marcha del enfoque longitudinal del pensamiento.
Los animales salvajes huyen. Frase y sudoración diacrónica me hizo pensar en que, a unos pasos de allí, en medio de la modorra descubrí lo que todos dábamos por muerto y desaparecido: la carpa de circo del viejo boticario con ínfulas de artista conceptual. El boticario descuidado dejó caer con intención el frasco con el sulfato de frielita, Carmen María, Toloza y el curador de Cartagena, Ortiz creo que es su apellido, hicieron como si nada hubiera pasado a pesar que era insoportablemente ridícula la situación por la super evidencia del vaporoso elixir penetrando ropas interiores, fosas nasales, cabelleras deslumbrantes y oídos encerados. Nadie podía respirar ese ambiente. Yo, artista a lo lejos, preferí quedarme allí en la inclemencia del tiempo en el goze de una obra de arte contemporáneo, de todas maneras el impresionante oso perezoso colgado en el árbol de siete cueros en el parque nacional, continuaría provocando otras asociaciones. El olor sulfico, el color siena oscuro, la velocidad del oso bajando por el tronco, los ojos verdes, la risa, el olor a mierda humana provocó en mí el abandono premonitorio de la ficción mágica mítica de saberse cobijado en la matriz placentaria de una bandera de mal gusto, de etiqueta roñosa y pobre soporte dorado.
El oso de pelaje rojizo continuó su descenso lentamente, reacción natural cuando las ráfagas de humo y compra amorosa del otro apostaban por la dispersión del vaho cromático iridiscente. Era un oso muy peligroso, lo noté de inmediato cuando pretendió articular un gesto de asombro simulado ante las falsas religiones estéticas, todas endémicas y modernas. La mierda humana fétida organizada en precisa línea del Museo de Arte moderno nos habla de una ordenación del arte a partir del fragmento. Las deposiciones progresivas generosamente dispuestas a cada metro de distancia hacían referencia, ¿porqué no? A un juicio estético. En el puente, yo seguía atento al oso, ahora más absorto que antes puesto que, como ya lo dije antes, el impacto era la alegría por todo lo que el Museo TECMIT había generado, todo lo que había convocado en esa Bogotá pretenciosa del lenguaje. Los animales salvajes huyeron, es cierto, pero un oso perezoso se quedó atorado en el árbol de siete cueros, laberinto violeta donde no hay posibilidad sino para al ocre y el siena profundo.
Oscar Salamanca
Museo TECMIT
Director (E)
