La Coctelera

oscar salamanca

artista plástico

19 Abril 2009

El Museo TECMIT sustrae la pintura rosa de la Casa Republicana, el origen narcisista del inicio.

En un extraordinario registro fotográfico aparecen de Izquierda a Derecha José Orlando Salgado, Pablo Acosta Lemus y Ricardo Arcos. La fotografia de la persona de espalda corresponde a Boris Rudvenisco, antropólogo, filósofo y artista plástico interesado en indagar los nuevos conocimientos derivados de la ciencia arte para mítica tecnológica. En la imagen se aprecia el momento en que el entramado contemporáneo devela la fragilidad de lo tecnoestetico vinculado con el color rosa de la casa Republicana de la Biblioteca Luis Angel Arango de la ciudad de Bogotá en Colombia. Fuente: Red social virtual

El Museo TECMIT sustrae la pintura rosa de la Casa Republicana
El origen narcisista del inicio

El entramado acústico de una pintura color rosa en las paredes subyacentes al viejo edificio republicano terminaron ese día de configurar una de las piezas de criticismo más voraces de las que el grupo de conocedores del arte bogotano haya tenido presente.
Una grieta con el insalubre olor a amapola verde y ramo de flores mortuorias, rojas, lánguidas, acompañó la alegre alusión fantástica de saberse culto en el descampado conceptual del entorno artístico. Salgado, aquel hombre a punto de desfallecer, alto y deliciosamente escuálido, anotó en el libro de apuntes que siempre guarda bajo el brazo un breve párrafo acerca del desplante que le produjo el saberse por fuera del evento arte del Museo, todo por la dureza y necesidad del lenguaje. Salgado, artista resistente y marginado por nosotros mismos, sus amigos, recorrió tristemente las salas y escenarios expositivos en esta ciudad también triste del Museo TECMIT , con el aliento extraño que produce la tristeza de la marginación y el desengaño. En un momento de desasosiego el artista Salgado mirando los cerros de Bogotá pensó "He recorrido parte de la vieja Europa consciente de que mi búsqueda no era sino la debilidad por el síntoma del lenguaje, no obstante mi periplo fui traicionado, no obstante la traición fui mezquino" ¡Salgado hace parte del arte contemporáneo! Lo digo fácilmente porque es fácil para alguien como yo decirlo con una risita desgastada y escupiendo el retrato desgastado de F. Toledo experto en desolles aburridos de literatura desgastada que a nadie interesa, bodegones sin luz; otra tristeza adicional, pobre y triste Salamanca.
De camino hacia la casa republicana, el color rosado brilla hoy con una fuerza reluciente en la autoafirmación, es como si, de repente, se volcara tras de mí un halo fluorescente de esquirlas venenosas con alguna intención amorosa. Volteo mi cabeza bruscamente con el ánimo de alejarme de la influencia vertical, rizomática, del mapa delezziano, pero no puedo resistir mirar y sé que el castigo de esta indiferencia es mi propia escultura.
Voy caminando por la cuarta con calle 17, mientras camino me doy cuenta que las calles del centro de Bogotá siguen conservando, a pesar de tanto tiempo que no las recorro, ese mismo aroma de sudor indigente de saberme lejos, ese mismo horroroso y viciado espectáculo de lo escatológico de mi memoria personal donde se confunden el sabor a manteca usada del restaurante chino, la mierda humana y los escupitajos rabiosamente pegados en las paredes y esquinas infladas, todos elementos del paisaje, todos elementos de ese asquito que significa vivir en esta ciudad del triunfo del gris.
El arte contemporáneo desde donde se instala la mirada libre e independiente de Salgado, al parecer es la misma mía y la misma de Pablo, profesor de colegio y amante de jazz que huye de la muerte y la marihuana; pero también es la misma mirada de Arcos, a pesar de sus graves y constantes contradicciones y sinsentidos, pero, pienso ¡que diablos! al fin de cuentas de lo que se trata en el arte de hoy es de ser completamente contradictorios.
Cuando vivía en la Candelaria y lejos del Museo TECMIT comía bien una vez al día en ese restaurante chino del cual les hable antes; en el sitio por 2.000 pesos servían una suerte de menú del día donde uno podía escoger entre hígado a la plancha, pollo frito o pescado que por el dinero que pedían lo mejor era no preguntar de que especie se trataba. Lo que importaba era que con esos dos mil pesos y la montaña de arroz negro del plato comíamos Humberto, Miguel y yo. Humberto compartió conmigo no sólo este diario plato durante años, sino también los cuatro metros cuadrados de mi habitación en el barrio la Concordia, otrora barrio rico capitalino, pero hoy vecindario de la mayoría de ladrones que trabajan en la calle 19. De Miguel me queda su carita de niño abusado por su familia y la alegría de su rostro agradecido cuando decidimos, Humberto y yo, adoptarlo por dos meses cuando él decidió huir por primera vez de su casa en los cerros de Bogotá. Luego, el almuerzo con hígado traslucido no aguantó para tanto y terminamos por dejar a Miguel en un CAI del centro de la ciudad con toda la ropa y mercado que mis amigos reunieron para mantenernos a los tres.
A unas calles de la casa republicana y del Museo TECMIT ocurrió todo esto hace más de diez años, lo que me hizo pensar con fuerza en varias cosas que ahora atañen ,increíblemente, al arte. Soy artista plástico, o mejor, soy pintor, enemigo de profesores viles y curadores sanguinarios, también de galeristas colombianos con ínfulas de pordioseros newyorkinos o madrileños, pero amante del color rosa de estilo republicano, del museo mítico y del origen narcisista del inicio.

Oscar Salamanca

Director (e)

Museo Mítico, Tecnológico y de Arte Contemporáneo de la ciudad de Pereira-Colombia-Sur America.

 

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