Álvaro Salamanca, obra salvífica
Álvaro, yo también he temido volver a convocarte porque aún sigue sonando tu nombre como un sinónimo, como un antónimo. Pero al leer esta poética invitación al nacimiento debo elevar, después de tantos años de olvido, tu nombre y con él, de nuevo, tu portentosa obra salvífica.
Ayer volví de nuevo a buscarte en los trastos viejos que una vez fueron tu hogar y tu refugio, recorrí como un ciego desmembrado la casa de mi madre, la pared terrosa, el orificio secreto donde una vez guardé para siempre mis más preciados tesoros.
Álvaro, el taller que cuidabas tan celosamente ya no existe, en lo que era tu cuarto lleno de joyas de plástico y artilugios de vapor y hiel, ahora lo habita una extraña mujer y su hijo. Yo los observo con cuidado. De tu taller sobrevive una parte, allí se encuentra tu obra y la mía. ¡por fin dialogan cada una en su lugar! El sitio es verde y rosa, se encuentra muy cerca del techo de teja española, allí puedo, incluso, mirar el solar, los vecinos, el gato escultórico, todo es verde y rosa, certidumbre de la muerte prematura en el amor, quizás, como bien lo dice Víctor, en el amor del arte.
Mi obligación será seguir rondando el zarpazo del enemigo con el ánimo desgastado de creer en esa temeridad que da no vivir entre nosotros. A mí me queda el esfuerzo de saberme tu albacea desahuciado por nuestra familia; a mí me queda conservar el polvo seco del ambiente de tu taller, ahora estrecho desgastado y hambriento, como si los muertos creyeran en el espacio, como si el arte viviera en esa pequeña cueva de ermitaño donde te hemos relegado.
Oscar Salamanca
